CRISTIANOS EN LA HISTORIA.

Pubicado en Historia

El pasado 20 de Abril de 2009, iniciamos una serie de artículos biográficos sobre creyentes confesos que dejaron un importante legado.
El motivo de publicar estas “mini-biografías” tituladas Cristianos en la Historia, parte de una inquietud personal que viene dada al leer la biografía de Jonathan Edwards. Para mí fue de mucha bendición y de ayuda, por lo que creí que sería bueno compartir con los demás algunos aspectos de la vida de hombres de fe cuyas biografías se han escrito para comprobar las grandes y maravillosas obras que el Señor ha hecho por su pueblo, aun en medio de tanto dolor y sufrimiento.
A medida que uno va leyendo sobre la vida de otros hermanos va tomando conciencia de la obra de Dios a lo largo de la historia, y ya que en su voluntad y providencia ha querido que las vidas de estos hombres hayan quedado en los escritos, es un buen asunto poder usar un poco de nuestro tiempo para leerlos.
No hay que decir que estos artículos son una pequeña toma de contacto para dar a conocer a estos hombres, pues para entrar en más detalle existen biografías más extensas, dignas de leer con más detenimiento.

Fueron grandes hombres de Dios, que pasaron por este mundo dejando una huella importante en la historia. Su servicio a Dios era la principal motivación en sus vidas, vidas dignas de imitar. No cabe duda que el Espíritu Santo fue quien perfeccionó sus vidas y les dio el poder y la confianza necesarios para poder enfrentarse a muros, gigantes, leones, reyes, hogueras, tormentos y cualquier enemigo que se pusiera delante.
Quisiera hacer un pequeño paréntesis y dejar de hablar por un momento de estos hombres de los cuales tenemos referencias, para hacer mención de aquellos que han permanecido en el más absoluto anonimato a lo largo de la historia, sin embargo, sus vidas fueron usadas por Dios para cumplir sus propósitos al igual que aquellos de los que sí conocemos el testimonio de sus vidas.
Si alguien nos hablara de Andrónico, Junias, Amplias, Estaquis, Apeles, Aristóbulo, Herodión, Narciso, Trifosa, Trifena, Pérsida, Rufo, Febe, Urbano, Asíncrito, Flegonte, Hermas, Patrobas, Hermes, Filólogo, Julia, Nereo, Olimpas, Lucio, Jasón, Sosípater, Tercio, Gayo, Erasto, Cuarto... solo podríamos decir que son nombres propios nombrados por el apóstol Pablo como colaboradores suyos, de mucha estima para él y buenos siervos de Dios que trabajaron con dedicación en la extensión del reino de Dios en este mundo.

La Iglesia como Esposa de Cristo, ha pasado etapas en las que el poder del Espíritu Santo se manifestó de manera notable, pues de otra manera no hubiera podido sobrevivir a pruebas tan duras. vasijas de barroCada etapa de la Iglesia en la Historia ha tenido su mayor o menor relevancia dependiendo de la sociedad del momento y de razones coyunturales que permitían una mayor o menor extensión del Evangelio, dentro del marco del plan divino.
No cabe duda que la era apostólica marca el inicio de la expansión del Evangelio a todo el mundo. Esa Gran Comisión que Jesús ordenó a sus discípulos tuvo su efecto al igual que lo tuvo en los días de la reforma o de los grandes avivamientos de los siglos XVII y XVIII. Hombres y mujeres fueron importantes para la obra del Señor, aunque no conocemos sus nombres. 
Hoy día podemos comprobar que prácticamente en todo el mundo se conoce el cristianismo, aunque estamos muy lejos de que se conozca bien el mensaje de salvación que Jesucristo predicó. Puede que se conozca el cristianismo por todo el mundo, pero el mundo no conoce quien es Cristo aun en medio de los países cristianos.
Todos aquellos que hemos hecho profesión de fe debemos sentirnos parte de esos comisionados y recoger el testigo que les fue dado a los apóstoles y participar de la extensión del reino de Cristo en este mundo, al igual que esos creyentes anónimos.
Es normal que nos llame más la atención las grandes hazañas de los héroes de la fe, y la vida de grandes personajes del cristianismo, pero esto lo debemos tomar como una herencia, como un regalo dado por la misericordia de Dios para que podamos comprobar las grandes y maravillosas obras que Dios ha hecho en medio de sus hijos. Dios, a través del Espíritu Santo, obra con poder para que sus hijos permanezcan en la fe y obren conforme al don que les ha sido concedido. Hay veces que vemos a estos personajes como seres superiores, con mentes y cuerpos privilegiados, llenos de una santidad especial; los consideramos como algo tan extraordinario, tan inalcanzable, tan lejos del resto de los mortales que no podemos ni siquiera imaginarnos llegar a ser como uno de ellos. Les tenemos puestos en pedestales, sin darnos cuenta que Dios obró en ellos en su tiempo y en medio de su generación. Nadie puede por sus propios medios, o esfuerzos hacer la obra de Dios en este mundo.

Sin embargo al igual que los apóstoles y los profetas, estos hombres eran hombres con pasiones y debilidades iguales que los demás, iguales que nosotros. Dios no ha dejado de utilizar hombres y mujeres para sus propósitos y no podemos dudar que lo seguirá haciendo.
Cada uno de nosotros como creyentes ponemos nuestro granito de arena allí donde el Señor nos ha colocado.  
Somos vasos de barro que Dios usa conforme a su voluntad para la extensión de su reino y para su gloria. Claro está que hay que poner de nuestra parte, pues no somos meras marionetas. 
No todos somos pastores o maestros, ni evangelistas, ni diáconos... el cuerpo no es solo el cerebro o el corazón, ni siquiera el ojo o el oído. Las pestañas, las cejas y otras partes del cuerpo que parecen insignificantes, hacen que el cuerpo funcione en perfecta armonía.
Como miembros del cuerpo de Cristo todos tenemos una función para que el cuerpo crezca. No podemos cruzarnos de brazos esperando que el resto del cuerpo trabaje para nosotros. Quizá ninguno de nosotros llegue a ser un Edwards o un Spurgeon (solo Dios lo sabe), aun así debe ser para nosotros un deleite ser únicamente siervos fieles que vivieron esperando la venida de su Señor usando los talentos que se nos han otorgado al igual que aquellos colaboradores del apóstol Pablo que nombrábamos anteriormente.

Quizás nadie se acuerde de nosotros, ni se escriban biografías, ni haya memoria de nada importante que hayamos hecho, pero debe quedar grabado con letras de oro en nuestras conciencias que fuimos hombres y mujeres que como Josué dijimos “Yo y mi casa serviremos al Señor”.
Que sea de ánimo y estímulo para todos los creyentes saber que servir al Señor nunca es en vano.
Escrito por Pablo Pérez

 

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