Liderazgo

Nuestra iglesia es liderada por ancianos y diáconos

Ángel Álvarez

Pastor

Nací en Madrid, en el año 1977. En aquella época, la influencia de la Iglesia Católica Romana era mucho más fuerte y generalizada que hoy día.
Habiendo nacido en una familia donde mi padre era ateo y mi madre católica, crecí con mucha ignorancia y una buena dosis de superstición acerca de la religión, siendo medio agnóstico medio católico. Siguiendo la tradición de mi madre, fue bautizado en la Iglesia Católica, me llevaron a clases de catequesis e hice la confirmación; después rara vez asistí a alguna misa. En realidad, no tenía ningún conocimiento de las enseñanzas de la Biblia, y prácticamente crecí como un joven que no creía en Dios. Sin embargo, me consideraba a mí mismo cristiano. Era como otros muchos: decía creer en Dios, pero vivía sin Dios en mi vida.
En 1993 conocí a un chico de mi barrio, y llegamos a hacernos buenos amigos. Con el paso del tiempo, me enteré que él asistía a una iglesia evangélica; esta, nuestra iglesia en Alcorcón. No conocía a nadie más de mi edad que iba a la iglesia, y mucho menos a una iglesia evangélica. De hecho, nunca había escuchado de este tipo de iglesia hasta ese día, debido a la enseñanza que había recibido en la tradición católica y la ignorancia en la que crecí.
Después de un tiempo, este amigo me invitó a ir a un culto a la iglesia un domingo y, aunque tenía muchas dudas al respecto, finalmente decidí asistir a la reunión. Fue en esa ocasión que escuché el mensaje del evangelio por primera vez en mi vida. Nunca había escuchado que era pecador y que no podía obtener la salvación por mis propios méritos, y que el Señor Jesucristo se hizo carne para tomar el lugar del pecador en la cruz del Calvario y sufrir y morir por él allí. A pesar de la influencia y enseñanza que recibí desde pequeño por parte de la Iglesia Católica, nunca había escuchado el mensaje del evangelio en mi vida.
Desde entonces, quise asistir a todas las reuniones que celebraba la iglesia – ambos cultos dominicales, reunión de oración entre semana, reunión de jóvenes los sábados. Fueron unos meses después, en el año siguiente, que el Señor me habló al corazón y me dio convicción de pecado mientras escuchaba la predicación del evangelio. A pesar de todas mis actividades religiosas, nunca podría ser salvo de mis pecados, porque era un pecador ante Dios. Entonces el Señor me mostró la respuesta para mi salvación en su Palabra: su Hijo, el Señor Jesucristo, murió en la cruz del Calvario por mí. Bajo esa convicción de pecado, vine a Cristo en arrepentimiento de mis pecados y los confesé a Dios en oración, recibiendo a Jesucristo como mi Salvador personal, y el Señor me dio salvación y perdón de pecador por la fe en él. Fue entonces cuando supe lo que es tener paz con Dios, porque desde ese momento y por la eternidad Dios me introdujo a la comunión con él en la vida eterna que recibí en Jesús.
Un año más tarde, el Señor me llamó a su ministerio a través de diferentes pasajes de las Escrituras. Después de haber estudiado en el Colegio Bíblico de la Gracia durante cuatro años, viajé a Irlanda del Norte para completar mis estudios teológicos en el Whitefield College of the Bible.
En todo ese tiempo, el Señor puso en mi corazón volver a mi país para servirle allí donde me pusiera. Nunca pensé que me llamaría a servirle como pastor en la iglesia donde me convertí. Desde entonces, continúo en el ministerio del evangelio por la gracia de Dios, haciendo lo que el Señor dijo a aquel endemoniado de Gadara: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti”.

Ancianos

Ángel Álvarez, Pablo Pérez, Juan Hanna, Jonathan Hanna y Santiago Jiménez.
Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé; el que fuere irreprensible, marido de una sola mujer, y tenga hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni de rebeldía. Porque es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios; no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo, retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen. Tito 1:5-9

Diáconos

Abraham Ballesteros y José Magariño.
Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas; que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia. Y estos también sean sometidos a prueba primero, y entonces ejerzan el diaconado, si son irreprensibles. Las mujeres asimismo sean honestas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo. Los diáconos sean maridos de una sola mujer, y que gobiernen bien sus hijos y sus casas. Porque los que ejerzan bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús. 1 Timoteo 3:8-13